“Fue andando hasta el hotel, tomó un baño, un vibromasaje por el vacío, se afeitó con un electrolítico, oyó las noticias de la mañana, miró la televisión  un cuarto de hora, comió muy a gusto, y a las dos y media regresó volando con el ochavón a Malpaís.

El joven estaba ante la hospedería.

-¡Bernard! – llamó-. ¡Bernard!

No obtuvo respuesta.

Sin hacer ruido con sus mocasines de piel de gamo, subió las escaleras e intentó abrir la puerta. La puerta estaba cerrada con llave.

¡Se habían ido! ¡Ido! Era lo más terrible que jamás le había ocurrido. Ella le había dicho que viniera a verlos, y se habían ido. Se sentó en las escaleras y se echó a llorar.

Media hora más tarde se le ocurrió mirar por la ventana. Lo primero que vio fue una maleta verde con las iniciales L. C. pintadas en la funda. Estalló en él la alegría como una llama. Cogió una piedra. El cristal roto tintineó en el suelo. Un momento después John estaba dentro de la habitación. Abrió la maleta verde; y de repente se halló respirando el perfume de Lenina, llenando sus pulmones con su ser hecho esencia. Sintió latir su corazón apresuradamente; por un momento creyó desmayarse. Inclinándose entonces sobre la preciosa caja, la tocó, la levantó a la luz, la examinó. Los cierres de cremallera de los pantalones de pana de glutina verde que trajo Lenina de reserva fueron primero un enigma; pero, en cuanto lo descifró, una delicia. Ris, ras, ris, ras, otra vez; estaba encantado. Las babuchas verdes de la joven eran lo más hermoso que había visto nunca. Desplegó una combinación con cierre de cremallera, se ruborizó, y la volvió en seguida a su sitio; pero besó en cambio un perfumado pañuelo de acetato y se echó al cuello una bufanda. Al abrir una caja esparció una nube de polvo perfumado. Se puso las manos blancas como si las hubiese metido en harina. Se las limpió en el pecho, en los hombros, en los brazos desnudos. ¡Delicioso perfume! Cerró los ojos; restregó su mejilla contra el empolvado brazo. Contacto de piel lisa con su rostro, perfume de polvos almizclados en su nariz; era su presencia real.”

Fragmento de Un mundo Feliz. Aldous Huxley, 1932

 

“La mujer gorda había calmado al nuevo y le daba el pecho. Estaban junto al agua. Las demás mujeres se movían de un lado a otro tirando de los fardos y abriéndolos con hábiles sacudidas y revoloteos de las manos. Una de ellas, descubrió Lok, no era más que una niña, alta y delgada, con una piel de ciervo alrededor de la cintura. Miraba una bolsa que estaba en el suelo. Otra mujer la abría. Lok vio que la bolsa cambiaba de forma convulsivamente. La boca de la bolsa se abrió, y Liku salió, cayó a gatas y saltó. Lok vio que le colgaba del cuello un largo trozo de piel. La mujer se arrojó sobre Liku y la retuvo. Liku se dio vuelta en el aire y cayó de espaldas. Los estorninos volvieron a cantar. Liku tironeó de la piel dando vueltas y se agazapó bajo el árbol. Lok veía el vientre redondo de Liku y cómo se apretaba allí a la pequeña Oa. La mujer que había abierto la bolsa rodeó el árbol con la piel y la ató. Luego se fue. La mujer gorda se acercó a Liku de modo que Lok alcanzaba a ver la coronilla brillante de la cabeza y la delgada línea blanca que dividía el cabello. Habló a Liku, se arrodilló, y volvió a hablarle riendo, llevando siempre al nuevo en el pecho. Liku no decía nada, pero movía a la pequeña Oa desde el vientre hasta el pecho. La mujer se levantó y se fue.

La muchacha se acercó a Liku, muy despacio, y se sentó a la distancia de un cuerpo. Las dos niñas se miraron un rato. Luego Liku se movió, arrancó algo del árbol se lo llevó a la boca. La muchacha observaba y unas líneas rectas le aparecieron entre las cejas. Sacudió la cabeza. Lok y Fa se miraron y también sacudieron sus cabezas ansiosamente. Liku arrancó otra seta del árbol y se la ofreció a la muchacha, que se echó hacia atrás. Luego se inclinó, tendió la mano cautelosamente y se apoderó de la comida. Vaciló, se llevó la seta a la boca y empezó a masticarla. Pasó rápidamente la mirada por los lugares en que las otras mujeres habían desaparecido y tragó. Liku le dio otro pedazo, tan pequeño que sólo podían comerlo los niños. La muchacha lo tragó también. Luego quedaron en silencio y mirándose.”

Fragmento de Los herederos. William Golding, 1955

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