“Una vez más mis pensamientos erraron, en los grises silencios de la noche, muy lejos de Julie, hacía Alison. Mirando al mar me forcé a no pensar en ella como un ser que seguía estando en algún lugar, aunque ese lugar sólo fuera el recuerdo, oscuramente vivo todavía, respirando, haciendo, actuando; sino como unas cenizas ya esparcidas; un eslabón roto, un callejón sin salida biológico, un alejamiento total y definitivo de la realidad, un objeto que, aunque fue complejo, se apagaba ahora camino de la nada, sin dejar atrás más que una mancha, como una mota de hollín en una hoja en blanco.

Algo demasiado pequeño para ser llorado, para merecer un duelo, pero este término me sonó muy antiguo, casi de Browne o Hervey. Sin embargo Donne tenía razón, la muerte de ella era una detracción, y detraería algo de mi vida, para siempre. Cada muerte coloca una terrible acusación de complicidad sobre las espaldas de todos los vivos; cada muerte es incongénere, su culpa es irreductible, su tristeza inmortal; un brazalete de brillante pelo en torno al hueso.

No recé por ella, porque la oración carece de eficacia; no lloré por ella, ni por mí mismo, porque solo los extravertidos lloran dos veces; sino que me quedé sentado en el silencio de la noche, en medio de aquella infinita hostilidad contra el hombre, contra la permanencia, contra el amor, recordándola, recordándola.”

Extracto de El Mago, de John Fowles, 1965 (1977)

“Hector confiaba en algo decisivo, un estallido de furia femenina que le enviara trastabillando a la calle y terminara de una vez para siempre con la historia, pero cuando le confesó la noticia Brigid se limitó a mirarlo, respiró hondo y le dijo que era imposible que estuviese enamorado de Saint John. Era imposible porque la quería a ella. Sí, convino Hector, la quería y nunca dejaría de quererla, pero el caso era que iba a casarse con Saint John. Brigid rompió a llorar entonces, pero siguió sin acusarlo de traición, no mencionó sus propias virtudes ni gritó encolerizada por la horrible manera en que la había engañado. Se engañaba a sí mismo, además, y cuando comprendiera que nadie le querría jamás como ella, volvería otra vez. Dolores Saint John era un objeto, afirmó, no una persona. Era un objeto luminoso y embriagador, pero bajo la piel era grosera, superficial y estúpida, y no merecía ser su esposa. Hector habría debido replicar en aquel momento. La ocasión le exigía lanzar alguna observación hiriente y brutal que destruyera para siempre las esperanzas de Brigid, pero el dolor y la devoción de aquella mujer eran emociones demasiado intensas para él, y al verla hablar con aquellas frases breves y entrecortadas, fue incapaz de hacer algo así. Tienes razón, contestó. Probablemente no durará más de un año o dos. Pero tengo que pasar por ello. Tiene que ser mía, y después todo se arreglará por sí solo.”

Extracto de El libro de las ilusiones, Paul Auster. 2002

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