“Los fines de semana eran un infierno. Sus amigos simplemente no aceptaban ya sus invitaciones. ¿Quién podía reprochárselo? Elaine tenía que pedir a los invitados que hablaran muy bajo, y aun así, algo despertaba siempre a alguno de los pequeños antes de las nueve de la noche, y entonces todos empezaban a berrear, incluso los de siete y ocho años que querían participar en la fiesta. Por lo tanto, su vida social era nula, y más valía así, porque no tenían dinero para fiestas.

– Pero yo me siento realizada, cariño – dijo Elaine, poniendo una mano tranquilizadora en la frente de Douglas, que estaba sentado estudiando nos papeles de la oficina, un domingo por la tarde.

Douglas, sudando a causa de los nervios, estaba trabajando en un rinconcito de lo que llamaban el cuarto de estar. Elaine estaba a medio vestir, lo cual era habitual en ella, porque cuando se estaba vistiendo siempre la interrumpía algún niño para pedir algo, y además Elaine estaba aún criando a los últimos. De repente, a Douglas se le ocurrió algo, se levantó y salió para ir al teléfono más próximo. Él y Elaine no tenían teléfono y habían tenido que vender el coche.

Douglas llamó a una clínica y se informó sobre la vasectomía. Le dijeron que había una lista de espera de cuatro meses, si quería que la operación fuese gratuita. Douglas dijo que sí y dio su nombre.”

Extracto de La paridora, Patricia Highsmith. 1974

 

” <<Ante todo, Frieda>>, dijo K.,<<yo no te oculto ni lo más mínimo. ¡Cómo me odia la mesonera, y cuánto se empeña en arrebatarte de mis brazos, y cuán despreciables son los medios con que lo hace, y cómo cedes tú ante ella!, Frieda, ¡oh, cómo cedes! ¿En qué te oculto yo algo? Dímelo, pues. Tú sabes que quiero llegar hasta Klamm; sabes asimismo que no puedes ayudarme en ello, de modo que debo alcanzarlo con mis propios recursos; que hasta ahora no lo he logrado, eso lo sabes perfectamente. ¿He de humillarme entonces doblemente, contándote las tentativas inútiles que ya en la realidad me humillan bastante? ¿He de jactarme acaso de haber esperado en vano toda una larga tarde, congelándome, junto a la portezuela del trineo de Klamm? Dichoso de poder dejar de pensar en estas cosas, me apresuro a llegar a tu lado, y he aquí que desde tus adentros vuelve a salir a mi encuentro todo esto, y me  amenaza. ¿Y qué hay con Barnabás? Es cierto, lo espero. Es el mensajero de Klamm; no soy yo quien le ha dado este cargo.>>  <<¡Y otra vez Barnabás!>>, exclamó Frieda, <<yo no puedo creer que sea un buen mensajero.>>  <<Quizá tengas razón>>, dijo K., <<pero él es el único mensajero que me mandan.>>  <<Tanto peor>>, dijo Frieda, <<tanto más deberías cuidarte de él.>>  <<Lo siento>>, dijo K. sonriendo, <<hasta ahora no me ha dado ningún motivo para ello. Viene rara vez, y lo que trae carece de importancia; sólo el hecho de proceder directamente de Klamm le da algún valor.>>  <<Pues mira>> dijo Frieda, <<en verdad ya ni siquiera Klamm es tu meta, y quizá sea este el hecho que más me inquieta. El que hayas tratado continuamente de abrirte paso hacia Klamm por encima de mí, ya era cosa grave, pero el que ahora parezcas apartarte de Klamm es mucho más grave aún, es algo que ni siquiera la mesonera previó. Según la mesonera, mi felicidad, una felicidad harto problemática y tan real, sin embargo, acababa el día en que tú reconocerías definitivamente que tu esperanza de llegar a Klamm había sido vana…”

Extracto de El castillo de Franz Kafka. 1922

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