“Y el orgullo invitaba a seguir adelante, ya fuera a seguir adelante hasta matarse, o bien hasta <<enmendarse>>, como antes tan a menudo, solo, con ayuda de treinta botellas de cerveza y contemplando el techo. Pero esta vez era muy diferente. ¿Qué ocurriría si aquí la valentía entrañara reconocer la derrota total, reconocer que se era incapaz de nadar, aceptar incluso (aunque por un instante la idea no pareció del todo mala) internarse en una clínica? No; fuera cual fuera el objetivo, no se trataba solo de <<salir de aquello>>. En eso, ningún ángel ni Yvonne ni Hugh podían ayudarlo. En cuanto a los demonios, estaban en su interior así como en el exterior; tranquilos por el momento (acaso durmiendo una ‘siesta’ ) seguían no obstante rodeándolo y habitándolo; eran sus dueños. El cónsul miró al sol. Pero había perdido al sol: no era el suyo. Como la verdad, era casi imposible encararlo; no quería ni acercársele siquiera, menos aún exponerse a su luz para verlo de frente…”

Extracto de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, 1947

 

“Es domingo por la mañana y estoy tumbado, felizmente muerto para el mundo, en mi cama de hormigón armado. A la vuelta de la esquina está el cementerio: el mundo de la relación sexual. Me duelen los cojones de tanta jodienda como hay, pero todo está ocurriendo bajo mi ventana, en el bulevar donde Hymie tiene su nido de copular. Estoy pensando en una mujer y el resto es confuso. Digo que estoy pensando en ella, pero la verdad es que muero de muerte estelar. Estoy tumbado ahí como una estrella enferma esperando a que se extinga la luz. Hace años estuve tumbado en esta  misma cama y esperé y esperé para nacer. Nada ocurrió. Excepto que mi madre, con su furia luterana, me tiró encima un cubo de agua. Mi madre, pobre imbécil, pensaba que yo era un vago. No sabía que me había atrapado la corriente estelar, que me estaba pulverizando hasta la atroz extinción ahí fuera, en el confín más remoto del universo. Creía que era pura pereza lo que me mantenía clavado a la cama. Me tiró encima el cubo de agua: me retorcí y estremecí un poco, pero seguí tumbado ahí, en mi cama de hormigón armado. Era inamovible. Era un meteoro apagado y a la deriva por las inmediaciones de Vega.”

Extracto de Trópico de Capricornio de Henry Miller, 1939

 

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