El tatuador levantó la persiana y abrió su negocio un día más. Aunque se había tomado ya un café le apetecía otro. Tomó un segundo café solo mientras consultaba la agenda de citas. Dos hormigas y un zángano. Una hormiga quería tatuarse un tribal. La otra un unicornio. Y el zángano representaba la tarea más peliaguda del día. Una calavera formada por figuras femeninas. Olvidó de poner el azúcar y tragó en silencio aquel líquido negro y amargo. En realidad tomaba descafeinado.

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